338 – Seijo Está Separada de su Alma: Despertar de la Alienación de Nosotros Mismos

Category: Meditación, Enseñanzas zen / Dharma ~ Translator: Claudio Sabogal

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Cuando nos sentamos en zazen, incluso si estamos trabajando con un kōan, no intentamos activamente alcanzar una comprensión. Pero, no obstante, los maestros de Chan y Zen a lo largo de la historia nos han exhortado a despertar a la Realidad. ¿Cómo se produce esto cuando estás «simplemente sentado»? ¿Cómo despiertas a aquello que todavía no has visto sin quedar atrapado en conceptos de iluminación e ilusión, antes y después? ¿Cómo te inclinas hacia lo desconocido si estás intentando dejar ir cualquier tipo de hacer?

 

Contenido 

  • Silencioso y Sereno, Olvidando las Palabras
  • La Claridad Brillante Aparece Ante Ti

 

El maestro de Chan del siglo XII Hongzhi es uno de mis maestros favoritos sobre el zazen, o lo que Chan llama «iluminación silenciosa». Hice un episodio en dos partes recorriendo, línea por línea, el poema de Hongzhi Guía para la iluminación silenciosa (haz clic aquí), pero la línea más relevante para la conversación de hoy es la primera (traducción de Taigen Dan Leighton):

Silencioso y sereno, olvidando las palabras,
la claridad brillante aparece ante ti.[i]

En la amplitud del zazen, no hay separación entre tú y tu comprensión. No se trata de «medito, aquieto la mente y entonces veo algún aspecto de la verdad», como si esa verdad estuviera de algún modo separada de ti, o fuera de ti. En cambio, en el espacio del zazen, eres uno con tu experiencia, incluidos tus recuerdos, anhelos, esfuerzos, miedos, entusiasmo, esperanzas, pensamientos, amores y confusión. La verdad de tu vida se vuelve clara, como si se encendiera una luz en una habitación oscura.

Encender la luz de tu conciencia no dual no requiere el menor esfuerzo mental voluntario, del mismo modo que no lo requiere discernir la temperatura del agua que corre sobre tu mano. Cuando sientes el agua, simplemente sabes que está fría o caliente. No tienes que pensar: «Hmm, déjame averiguar qué temperatura tiene esta agua». Simplemente lo sabes.

 

 

Silencioso y sereno, olvidando las palabras

En zazen dejamos ir cualquier esfuerzo deliberado, cualquier actividad voluntaria, incluyendo planificar, averiguar cosas, arreglar cosas, explicar o crear un mapa mental del mundo. Habitualmente creamos un mapa mental que nos permite categorizar y predecir todo lo que encontramos, permitiéndonos funcionar eficientemente en sociedad y cuidar de nosotros mismos. Pero en el espacio del zazen, intentamos dejar ir nuestro mapa mental.

Incluso puede decirse que deberíamos «dejar ir» las distracciones y fantasías que aparecen durante el zazen. Normalmente pensamos que estas vienen de fuera, o al menos de una parte de nosotros mismos desordenada y poco útil, y por lo tanto son cosas contra las que necesitamos luchar, que necesitamos apartar o de las que de algún modo necesitamos deshacernos en nuestro zazen. Pero, en cierto nivel, simplemente son más actividad voluntaria. Nuestros pensamientos —ya sean aleatorios o concentrados— son pequeñas maneras sutiles de intentar arreglar o escapar del momento presente. Tal vez nos sentimos un poco aburridos, o incómodos con nosotros mismos. Tal vez realmente no queremos enfrentarnos a lo que está ocurriendo en nuestras vidas. Tal vez tememos el vacío o la falta de sentido que imaginamos que podría acechar detrás de las cosas. Así que nuestras distracciones y fantasías también son actividad voluntaria. Una parte de nuestra mente decide: «Oh, vamos allí y pensemos en esto en lugar de simplemente sentarnos». Es otra manera en que intentamos hacernos más cómodos en el momento.

Cuando conseguimos dejar ir todo esto, eso es silencio interior. No sé tú, pero yo tengo una mente increíblemente ocupada, así que los momentos en que no hay palabras ahí dentro —cuando no hay pensamientos— no ocurren muy a menudo. Pero ocasionalmente es como: wow, simplemente hay silencio. Y, por supuesto, en esta práctica incluso dejamos ir el intento de hacer que nuestra experiencia meditativa sea de una manera determinada. Eso es lo que resulta tan desconcertante y tan difícil de aprehender del zazen.

Fíjate en esos momentos en los que piensas: «Hmm, mi meditación no está yendo muy bien hoy». Dentro de ese pensamiento ya está incorporada una idea de cómo debería estar yendo tu meditación: «No debería estar pensando. No debería estar planificando. No debería estar pensando en mi lista de la compra. Debería estar…» (sea lo que sea que hayas decidido que parece una buena meditación). Después de todo, estamos hablando de un espacio inmóvil, así que seguramente así debería ser un buen zazen, ¿no?

Pero la práctica es lo que hacemos; no es el resultado. Cuando decimos «silencioso y sereno», no estamos diciendo que solo haces zazen cuando estás silencioso y sereno. Haces zazen cuando el silencio, la serenidad y la quietud son tu intención y tu aspiración —cuando respondes con silencio y serenidad sin importar lo que termine ocurriendo en tu cuerpo y en tu mente—. La práctica consiste en notar cuándo has vuelto a quedar atrapado en la actividad, y entonces simplemente dejar que las cosas sean. La práctica es el regresar, el dejar ir, repetidamente, una y otra vez. Así que «silencioso y sereno» es lo que hacemos: dejamos ir la charla, dejamos ir el esfuerzo, dejamos ir el analizar nuestro zazen, dejamos ir todo eso, una y otra y otra vez. Si hacemos esto con un mínimo absoluto de agenda y sin ningún juicio en absoluto, el resultado es más quietud.

Por ejemplo, cuando estaba sentada hoy, me encontré pensando en un proyecto de un sitio web en el que estoy trabajando. Cuando me di cuenta de que estaba ocurriendo, pensé: bueno, eso no es lo que quiero estar haciendo durante el zazen, ¿verdad? Entonces, ¿cuál es mi respuesta en ese momento? A mí me ayuda pensar en ello como abrazar lo que está ocurriendo. Estar sentada allí pensando en mi proyecto de sitio web era simplemente lo que estaba ocurriendo. Esa era mi realidad en ese momento. Si simplemente lo abrazo, no intento hacer que desaparezca. No intento hacer que ocurra otra cosa. Simplemente lo abrazo y lo incluyo. Hago brillar la luz de la conciencia sobre lo fuera que esté ocurriendo. Entonces hay un momento de serenidad y quietud que no tiene nada que ver con vencer un pensamiento. Cuanto más completa, enteramente, e incluso tontamente abrazo lo que esté ocurriendo, más tiempo continúa la quietud.

Extrañamente, en cuanto algo es incluido —en cuanto hacemos brillar sobre ello la luz de la conciencia— deja de ser un problema. Hay esta transformación casi milagrosa de la resistencia a las cosas tal como son hacia una profunda paz con las cosas tal como son. Hacemos esto una y otra y otra vez. Es maravilloso si podemos convencernos de dejar ir completamente y permitir que ese momento de quietud y silencio dure más que un momento o dos. Eso es hermoso. Pero deberíamos recordar que esto no es una cuestión de habilidad mental o disciplina.

Es una cuestión del corazón. Es una cuestión de elección, confianza e invitarnos a nosotros mismos a dejar ir. Eso tampoco es fácil, pero es difícil de una manera diferente a como lo son la mayoría de las actividades de nuestras vidas. Cualquier esfuerzo voluntario por arreglar nuestra meditación solo empeora las cosas. Hay una metáfora para esto: sostenemos un cuenco de agua e intentamos que el agua se quede muy quieta para que todo el sedimento se hunda hasta el fondo y podamos ver a través de ella. Si hay ondas en la superficie, solo empeoramos las cosas si damos golpecitos sobre la superficie del agua. Todo lo que puedes hacer es abstenerte de reaccionar y simplemente permanecer quieto. Del mismo modo, cuando los pensamientos y las palabras agitan nuestro zazen, no ayuda pensar: «Oh, no, ¿qué puedo hacer para calmar mi mente?». No hay nada que puedas hacer excepto permanecer quieto. Cualquier esfuerzo voluntario agita aún más las cosas.

Sin embargo, hay un esfuerzo que podemos hacer que no es un esfuerzo voluntario. Es trabajar con la disposición de nuestro corazón a dejar ir, y esta clase de «esfuerzo» te invita a ser creativo. Por ejemplo, una cosa que hago cuando estoy sentada y me encuentro preocupada por el ajetreo, los proyectos, las preocupaciones y todo tipo de cosas que están ocurriendo, es decirme: «De acuerdo, tengo estos 25 minutos, o estos 50 minutos, que estoy dedicando al zazen. No hay absolutamente ninguna razón por la que necesite pensar en mis proyectos durante este periodo de tiempo». Si realmente necesito pensar en lo que está ocurriendo, ¡entonces no debería estar meditando! Pero, a menos que haya una verdadera emergencia, puedo apartar todas mis actividades y responsabilidades. Por supuesto, mi mente a menudo piensa: «De ninguna manera, aquí están pasando cosas realmente buenas. Tenemos que seguir pensando en esto». Pero no es verdad, y sé por experiencia que si me doy un descanso mental y emocional durante el zazen, después seré mucho más capaz de ocuparme de las cosas.

¿Cómo te animas a ti mismo a concentrarte en la meditación? Cuando estás meditando y te encuentras ocupado con otras cosas o distraído, ¿qué haces o qué te dices? ¿Recitas un verso? ¿Recitas un voto? ¿Traes a la mente algo que te ayude a estar más enteramente en tu meditación?

 

 

La claridad brillante aparece ante ti

Tal vez solo terminamos experimentando unos pocos momentos de iluminación silenciosa aquí y allá. Tal vez solo la hemos experimentado una vez, o un par de veces. Pero hay algo en ella que reconocemos. Las palabras son inadecuadas, pero se me ocurre decir que reconocemos estar «silenciosos y serenos» como nuestro estado natural, o como un estado de estar despiertos, o como un momento de claridad. Como dice Hongzhi, «la iluminación interior restaura el asombro».[ii]

Es como escuchar de repente el canto de un pájaro porque nos hemos vuelto silenciosos —literalmente y mentalmente—. Normalmente, incluso si estamos físicamente en silencio, estamos tan atrapados en nuestra narrativa interna que no notamos nada más. Pero cuando elegimos también el silencio interior, de repente hay un momento de: «¡Oh!». La claridad que entonces se manifiesta no es algo nuevo. No es algo que hayamos alcanzado. No es que hayamos conseguido calmar la mente y, por lo tanto, podamos ver a través de un portal hacia otro reino donde reside la verdad. En cambio, es darnos cuenta de que la claridad estuvo aquí todo el tiempo; simplemente estábamos tan distraídos y absortos en nosotros mismos que no la notábamos.

La claridad brillante que invitamos con nuestro zazen es a la vez trascendente y no trascendente. Es trascendente en cuanto va más allá de nuestra manera habitual, limitada, vuelta hacia dentro, interesada en nosotros mismos, preocupada, temerosa y a la defensiva de ser. En comparación con la manera en que normalmente somos, puede sentirse muy especial. Pero no es trascendente en el sentido de excluir nada o de ser mejor que nada. No trasciende dejando cosas atrás. No salimos de nuestros cuerpos y nos deslizamos hacia el éter luminoso. Esta claridad brillante incluye nuestros cuerpos. Incluye nuestros seres limitados y manifestados. Incluye nuestros deseos, nuestras esperanzas y miedos, nuestros hábitos y peculiaridades, nuestras pasiones y nuestra rectitud, nuestros apegos, nuestras opiniones, nuestra impermanencia física, nuestro dolor y enfermedad, la vejez y la muerte, y nuestra feroz determinación de vivir.

Si percibimos alguna claridad brillante que parece excluir todo este desorden humano, es solo una percepción parcial. Y está bien; podemos apreciarla, pero deberíamos recordarnos que solo es parcial. En un momento de iluminación silenciosa, nos hacemos conscientes del estado de las cosas —especialmente del estado de nosotros mismos—. Es simplemente este momento: conciencia directa y silenciosa. Una palabra perdida puede aparecer de vez en cuando en nuestra cabeza, pero no dejamos que nos aleje. No necesitamos palabras para esto. Las palabras son nuestro esfuerzo por tejer una comprensión abstracta de las cosas para poder mantener nuestro mapa mental del mundo y cuidar de nosotros mismos. Pero en realidad no necesitamos la mente discriminadora para manifestar nuestra naturaleza fundamental, y no necesitamos palabras para percibir la verdad. De nuevo, es como escuchar el canto de un pájaro o sentir la temperatura del agua en tu mano.

Una manera de pensar en esto es una enseñanza que aprendí en un contexto budista, sobre los tres nens, o tres niveles de la mente. El primer nivel de actividad mental o percepción es muy básico. Por ejemplo, cuando escuchas el canto de un pájaro, en el primer nivel simplemente es una vibración que estás percibiendo —un fenómeno que surge dependiendo de las ondas sonoras, de tu oído y de tu cerebro—. El sonido tendrá cualidades como volumen y tono, pero hasta ahí llega.

El segundo nen es nombrar y categorizar: «Ah, eso es el canto de un pájaro», o quizá: «Ese es un petirrojo». El tercer nen es el comentario: «Oh, qué hermoso. Estoy tan feliz sentada aquí escuchando el canto de un pájaro», o si no es un canto de pájaro, quizá: «Oh, qué sonido tan molesto. ¿Por qué mi vecino ha empezado a usar su sierra de cinta mientras estoy escuchando una charla sobre el Dharma?». Ese es el nivel del comentario. Lo que normalmente hacemos es dar vueltas y vueltas en ese tercer nivel. Comentamos un comentario, y luego comentamos ese comentario, y seguimos. Rara vez volvemos siquiera a sumergirnos para obtener datos nuevos del primer nivel. Desconectamos nuestra experiencia directa y quedamos atrapados en el comentario.

Utilizando el marco de los tres nens, nuestra meditación —y nuestra atención plena mientras transcurre el día— intenta desplazar nuestra conciencia de vuelta al primer o segundo nivel de actividad mental, donde simplemente estamos percibiendo las cosas. La parte de nombrar suele ocurrir muy rápidamente y no tenemos mucho control sobre ella. En realidad no es un problema. Si aparece un nombre y permanecemos bastante conscientes y abiertos, no estamos siendo arrastrados hacia el comentario.

En los momentos de iluminación silenciosa, la comprensión está ocurriendo tanto si terminamos con una enseñanza, lección o conclusión consciente como si no. En ese momento de iluminación silenciosa, recordamos nuestra naturaleza básica de una manera muy fundamental, física. Recordamos que las cosas no dependen de este «Yo» ejecutivo que imaginamos. Las cosas no dependen de que permanezcamos en nuestro bucle de comentarios. Otras cosas están ocurriendo. Respiramos. Estamos presentes. Nos enfrentamos a nosotros mismos.

A veces, cuando la claridad brillante aparece ante nosotros, obtenemos comprensiones que son bastante prácticas. Si no estamos excluyendo nada, entonces ahí estamos, sentados con quienes somos y con la manera en que nos manifestamos en esta vida. Por ejemplo, recientemente estaba sentada y observé que las cosas que me distraían —las cosas en las que estaba quedando atrapada— eran proyectos que me importan profundamente. Proceden de un deseo sincero de realizar cambios positivos en el mundo. Sin embargo, una vez alguien observó que yo estaba «tensa». Creo que esa es una interpretación bastante negativa, pero me pregunté: «¿Cómo se relaciona estar tensa con mi deseo de tener un impacto positivo en el mundo?».

Ciertamente hay una clase de tensión y determinación en mis actividades. Dicho positivamente, eso es energía, ¿verdad? Cuando algo está tenso, tiene mucha energía que puede liberarse en la actividad. Pero ¿cuál es el lado negativo de estar tensa? Me pregunté esto no en un sentido abstracto o filosófico, sino en uno muy personal: ¿Cuál es el lado negativo de mi experiencia de estar tensa? Las respuestas estaban justo ahí: puede ser agotador. También puede producir una cierta intensidad que no siempre es hábil. Esto me abrió una nueva vía para explorar: ¿hay una manera de ser muy enérgica y activa sin una tensión innecesaria?

Este es el tipo de comprensión personal que puede ocurrir en el espacio de la iluminación silenciosa. No se trata de ir a buscar algo o de analizar algo. Simplemente estamos ahí, con nosotros mismos, y las cosas se revelan. La comprensión puede ocurrir.

La comprensión no está limitada a nuestros seres personales. No está limitada a nuestros hábitos personales, peculiaridades, vidas o elecciones. Esto es lo asombroso, ¿verdad? Somos limitados. Somos individuos. No podemos salir de nuestros cuerpos y convertirnos en algún ser omnisciente, semejante a un dios. Pero somos reflejos del universo mayor. Como las pequeñas joyas de la Red de Indra —una red infinitamente vasta, en la que cada joya está en el punto de intersección de sus hilos—, reflejamos a todos los demás seres, todos los demás hilos y todas las demás joyas. En última instancia no estamos separados de nadie ni de nada, de modo que cierto tipo de comprensión de nosotros mismos es también comprensión de algo mayor que nosotros mismos.

La comprensión de la Realidad más allá del alcance de tu vida individual es exactamente de lo que trata el Genjōkōan de Dōgen.[iii] Explica que la luna entera —todo el Dharma— puede reflejarse en una gota de rocío sobre una brizna de hierba —tu cuerpo-mente individual—. Aunque un pájaro nunca puede alcanzar el final del cielo —tu propia experiencia directa es inevitablemente limitada—, si haces de este lugar mismo tu propio lugar, tu práctica se convierte en la actualización de la realidad. La comprensión de tu verdadera naturaleza, de la Naturaleza de Buda, la Talidad, la Interdependencia —todo esto está justo delante de nosotros, esperando ser descubierto cuando somos capaces de permitirnos volvernos quietos, silenciosos y abiertos.

 


Notas

[i] Leighton, Taigen Dan (traductor). Cultivating the Empty Field: The Silent Illumination of Zen Master Hongzhi. Boston, MA: Tuttle Publishing, 2000.

[ii] Ibid.

[iii] Okumura, Shohaku. Realizing Genjokoan: The Key to Dogen’s Shobogenzo. Somerville, MA: Wisdom Publications, 2010.

 

Crédito de la imagen:
Imagen de Josch13, de Pixabay.

 

338 – Seijo Está Separada de su Alma: Despertar de la Alienación de Nosotros Mismos
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