337 – Encontrando el Límite de Tu Práctica (2 de 2) 
339 – La Claridad Brillante Aparece Ante Ti: la Comprensión Cuando Estás «Simplemente Sentado»

Category: Enseñanzas Zen / Dharma ~ Translator: Claudio Sabogal

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Hay innumerables maneras en que podemos sentirnos interiormente divididos, o de algún modo alienados de nuestro verdadero ser. El caso 35 del Mumonkan, o La Puerta sin Puerta, la colección de koanes, aborda esta cuestión con una pregunta incisiva acerca de Seijo, el personaje de un relato tradicional chino que termina viviendo dos vidas en paralelo. El koan pregunta: «¿Cuál de las dos es la verdadera Seijo?» Naturalmente, la respuesta es: «Ambas… y ninguna.»

 

Contenido 

  • Seijo Está Separada de Su Alma
  • Nuestra División Interior y la Sensación de Alienación Respecto de Nosotros Mismos
  • ¿Quién Eres, Realmente?
  • Investigar la Pregunta Última con Valentía
  • La Persona Imperecedera en la Ermita de Paja

 

 

Seijo Está Separada de Su Alma

Este es el caso 35 del Mumonkan (en esta traducción de Kōun Yamada Roshi):

Goso preguntó a un monje: «Seijo y su alma están separadas ¿cuál de ellas es la verdadera Seijo?»[i]

Goso es el maestro, y esta pregunta es su desafío al monje.

La historia que está detrás de este koan es una antigua leyenda china de la época Tang, la historia de una muchacha (jo)  llamada Sei. Seijo y un joven llamado Ochu se enamoraron, pero el padre de Seijo, Chokan, había dispuesto que ella se casara con otro hombre. Desconsolado, Ochu abandonó la ciudad en una pequeña barca. Mientras remaba río abajo, vio a Seijo corriendo tras él por la orilla, y ambos huyeron juntos. Se casaron, tuvieron dos hijos y vivieron felices. Con el paso del tiempo, sin embargo, Seijo comenzó a pensar en su padre y en cuánto debía de echarla de menos. Ella y Ochu decidieron regresar a casa, pedir perdón por haberse marchado y tratar de reparar la relación. Cuando llegaron, Ochu se adelantó para explicárselo todo al padre de Seijo, pero Chokan no daba crédito a lo que escuchaba. Según él, Seijo nunca se había marchado. Desde el día en que Ochu partió, ella había permanecido en casa, postrada en cama y en estado comatoso. Entonces la Seijo que había viajado con Ochu se acercó a la Seijo comatosa y, cuando ambas se encontraron, volvieron a ser una sola.

Esta es, pues, la leyenda popular que se encuentra detrás de la pregunta de este koan: ¿Cuál de las dos es la verdadera Seijo? Podríamos decir que la verdadera Seijo es la que siguió aquello que le dictaba el corazón; la que siguió su amor y que, dadas sus circunstancias, tuvo que separarse de su cuerpo para hacerlo. O quizá la parte de ella que perseguía sus propios deseos estaba separada de su alma. Tal vez por eso, aunque vivía felizmente con Ochu en una tierra extranjera, se sentía dividida y necesitaba regresar a casa: regresar a su cuerpo.

 

 

Nuestra División Interior y la Sensación de Alienación Respecto de Nosotros Mismos

Lo que importa aquí es cómo esta historia nos hace recordar las maneras en que llegamos a sentirnos alienados de nosotros mismos y de nuestras vidas.

A veces la división se encuentra entre la mente y el cuerpo. Otras veces está entre el corazón —nuestro sentido de autenticidad y amor— y la actitud defensiva, la ansiedad y los hábitos que nos mantienen sintiendo y actuando como si estuviéramos separados y no estuviéramos a salvo. Nuestra sensación de división interior también puede deberse a la aparente tensión entre nuestra aspiración sincera a practicar y nuestro deseo de cosas mundanas: experimentar, adquirir, involucrarnos y mantenernos ocupados.

Quizá nuestra sensación de separación aparece cuando perdemos el contacto con nuestro aprecio por el silencio y la quietud. Podemos rozar esa quietud cuando estamos sentados en zazen, en retiro o en la naturaleza. Después regresamos a la actividad ordinaria, impulsados por la necesidad, la compulsión, la prisa, la ansiedad y el hábito. También podemos experimentar una visión penetrante de nuestra propia vida y de nuestra conducta y, sin embargo, no conseguir integrarla ni encarnarla. Si llevas practicando algún tiempo, probablemente hayas tenido algún tipo de realización: «Oh, no tengo que hacer eso», o «Podría elegir ser así», o «Podría soltar esto». Cuando experimentas esa visión penetrante puede aparecer una sensación de alivio: «¡Qué bien! A partir de ahora todo será diferente». Pero entonces, aunque una parte de ti sepa que las cosas son de otro modo, descubres que vuelves a sentirte arrastrado hacia los mismos patrones.

Hay muchas otras experiencias de dualidad, tensión, conflicto interior y alienación que surgen en nuestras vidas. Entonces, ¿quién eres, realmente?

Creo que tendemos a identificarnos con cualquier aspecto de nosotros mismos que juzgamos como mejor. Podemos pensar: «Bueno, yo soy el que está en paz, el que tiene sabiduría. ¿El que queda atrapado en el karma? No sé quién es ése». Nos damos cuenta de que aquel que queda atrapado está conectado con nosotros de algún modo, pero más como una carga que como nosotros mismos. Alternativamente, por supuesto, también podemos identificarnos con aquel que queda atrapado en el karma y, por tanto, permanecer en la vergüenza o la frustración. Y, sin embargo, ¿quién es aquel que aspira a liberarse?

 

 

¿Quién Eres, Realmente?

Cuando el Buda explicó la verdad del anattā, o no-yo, dijo algo que siempre me ha encantado. En el Anattalakkhaṇasutta, dice que si algo fuera verdaderamente el yo, deberíamos poder decir: «Puede que sea así. Puede que no sea así».[ii] Y entonces aquello que hubiéramos querido sucedería. Si el cuerpo fuera el yo, deberíamos poder decir: «Que mi cuerpo esté cómodo; que no sienta dolor», y así sería. Si nuestros pensamientos fueran el yo, deberíamos poder decir: «Que mis pensamientos se aquieten; que no tenga esos pensamientos», e inmediatamente sería así.

Lo mismo puede decirse de nuestros sentimientos, sensaciones, percepciones, voluntad, conciencia y todos los demás aspectos de nuestro ser con los que pudiéramos identificarnos. Está claro que ninguna de estas cosas se encuentra completamente bajo nuestro control. Ninguna de ellas puede ser plenamente aprehendida. ¿Soy mi cuerpo, mis pensamientos, mis sentimientos, mis emociones, mis opiniones, mis motivaciones, mis deseos, mis preferencias, mi personalidad, mis relaciones, mi trabajo, mis posesiones, mi capacidad de razonar, mi compasión o mis conocimientos? Todo aquello que podemos considerar como «yo» cambia. Todo ello es, en última instancia, inaprensible. En cierto sentido estas cosas son reales, pero cuando miramos atentamente e intentamos localizarlas y definirlas, descubrimos que no tienen una forma fija.

Todo aquello con lo que normalmente nos identificamos como yo o como perteneciente al yo, tarde o temprano lo perderemos. Por eso tantos koanes preguntan acerca de nuestra verdadera naturaleza: ¿Quién eres, realmente?

Una y otra vez, un maestro está haciendo esencialmente esta pregunta al discípulo: ¿Quién eres? El maestro te pide que respondas desde quién verdaderamente eres; no desde lo que piensas, ni desde lo que recuerdas, ni desde lo que crees que deberías decir. Esto no es fácil. No es algo directo ni sencillo. Esto es responder la pregunta fundamental del Zen.

 Si alguien cree haber resuelto la cuestión de quién es verdaderamente sin una práctica espiritual consciente, su respuesta probablemente sea bastante superficial. Muchas personas podrían decir: «Sé quién soy», y eso está bien; no es nuestro trabajo demostrar que los demás no saben quiénes son. Pero a menudo, cuando observamos atentamente el yo y a los demás, vemos una especie de actitud defensiva y rigidez alrededor de la identidad: «Esto es quien soy. No quiero que se cuestione. No quiero que cambie. No quiero que sea desafiado.»

No debería ser fácil decir quiénes somos realmente. Parte de la práctica consiste en aprender a tolerar y hacer las paces con la incomodidad que experimentamos cuando admitimos que no estamos seguros de quiénes somos realmente. Lo primero que tenemos que hacer es abandonar la idea de que deberíamos saberlo.

Nuestra cultura nos dice que, una vez que somos adultos —a los dieciocho años, quizá a los veintiuno, tal vez después de haber pasado nuestros veinte equivocándonos, pero ciertamente para los treinta— deberíamos haberlo respondido. Se supone que debemos tener las cosas claras, para ser adultos. Si merecemos respeto, deberíamos ser capaces de dar una respuesta segura: «Sí, sé quién soy.» Delimitamos nuestro territorio, nos defendemos y tratamos de evitar ser humillados.

 

 

Investigar la Pregunta Última con Valentía

Pero no podemos intimar con nuestra verdadera naturaleza a menos que exploremos el no-saber con gran valentía y curiosidad. En aquellos koans en los que el maestro dice: «Dame una respuesta», y el monje permanece en silencio, no es porque el monje sea estúpido. Su silencio es, en realidad, una señal de sabiduría. El monje sabe a qué no debe aferrarse. Sabe que no puede limitarse a repetir una enseñanza, intentar ser ingenioso o forzar una respuesta audaz. Así que permanece en silencio porque todavía no sabe desde qué lugar o desde qué realidad hablar.

Pocos de nosotros tendríamos la valentía de investigar esta cuestión —de abrirnos a ella— sin el aliento de los antepasados del Dharma. El sentido común y la cultura dicen:«¿Por qué te haces esa pregunta? Es ridículo. Sabes quién eres.» Pero los ancestros del Dharma te dicen que sigas mirando. Te dicen que puedes encontrarte a ti mismo, que puedes volver a unir las partes de ti que aparentemente están divididas.

Nada es más dulce ni más liberador que reconocer nuestra verdadera naturaleza, y tienes que investigar esto por ti mismo. Escuchar descripciones de cómo es nuestra verdadera naturaleza solo puede llevarnos hasta cierto punto; no despertarás a ella de ese modo. Tienes que recorrer los pasillos interiores de tu propio cuerpo-mente, de tu propio dilema, buscando, indagando, poniendo a prueba y cuestionando.

Sin embargo, las enseñanzas pueden inspirarnos y ayudarnos a evitar ciertas trampas, o al menos a reconocer cuándo hemos caído en una. Este es el comentario de Mumon sobre el koan:

Si realizas la verdad en esto, comprenderás que salir de una envoltura y entrar en otra es como un viajero que se aloja en una posada; si no lo has realizado, no corras de un lado para otro alocadamente. Cuando tierra, agua, fuego y viento estén a punto de descomponerse de repente, serás como un cangrejo que ha caído en agua hirviendo y lucha con sus siete brazos y ocho patas. En ese momento, no digas que no te lo advertí.[iii]

Los comentarios de Mumon son un poco sombríos, pero si desplazamos el énfasis de la advertencia podemos escuchar la enseñanza: «Si realizas la verdad, comprenderás que salir de una envoltura y entrar en otra es como un viajero que se aloja en una posada.» ¿Qué es aquello que está siempre presente a través de todos tus estados y cambios, a través de todas tus circunstancias, respuestas y experiencias? ¿Qué es aquello que sale de una envoltura y entra en otra, de modo que  Seijo que yace comatosa en casa y la Seijo que huye para seguir sus sueños son ambas expresiones del mismo viajero? ¿Qué las anima?

¿Qué vive en ambas? ¿O a través de ambas?

Otra manera de formular esta pregunta acerca de tu verdadera naturaleza aparece en otro koan: ¿Cuál es tu rostro antes de que nacieran tus padres?

Esa pregunta lo despoja todo: tu cuerpo, tu personalidad, tus circunstancias.

¿Qué es tu rostro aparte de todo eso? Y, sin embargo, como dice Dōgen, «nunca está separado de este mismo lugar»,[iv] de modo que tampoco lo  encuentras en otro lugar.

Si crees que lo has encontrado, permite que tu convicción sea puesta a prueba.

Lo mejor es permitir humildemente que cualquier comprensión superficial quede al descubierto, porque es fácil detenerse a mitad del camino: encontrar cierto consuelo en el Dharma, alcanzar cierto nivel de aceptación de uno mismo y perder la inspiración para practicar. Ciertamente, uno de los maravillosos regalos de la práctica es que, después de un tiempo, aprendemos a aceptar y hacer las paces con quienes somos y con nuestras circunstancias.

Dejamos de luchar tanto y de juzgarnos con tanta dureza, y eso es algo hermoso. Pero esto todavía no es despertar de ningún vestigio de alienación respecto de nosotros mismos. Aunque podamos tener cierta sensación de ello, conocer nuestra verdadera naturaleza no es una cuestión de todo o nada.

Los atisbos y las intuiciones son valiosos, y nuestra fe puede crecer.

Pero incluso una vez que hemos visto con bastante claridad, esa fe todavía tiene que profundizarse.

 

 

La Persona Imperecedera en la Ermita de Paja

Tu verdadera naturaleza no se encuentra en ningún otro lugar aparte de esta manifestación, este ser, este lugar; y, sin embargo, tampoco está limitada a este ser. ¿Qué es? En su poema Canto de la Ermita con Techo de Paja, el maestro Chan Shitou llama a la estructura efímera que hemos creado como «yo» una «ermita de paja». Dice (en esta traducción de Taigen Dan Leighton):

Si quieres conocer a la persona imperecedera en la ermita,

no te separes de este saco de piel aquí y ahora.[v]

Mi abuela del Dharma, Roshi Kennett, lo llamaba «el Señor de la casa».

Estas metáforas pueden despertar la idea de que poseemos una especie de alma inmortal que sobrevivirá a nuestra muerte física. Pero esto suele ser simplemente la esperanza de que la ermita de paja perdure para siempre, y pasa por alto a la persona imperecedera que no puede morir porque nunca ha nacido. Alternativamente, podemos imaginar que el Señor de la casa es una especie de conciencia interior sagrada que a menudo pierde el control sobre sus subordinados, introduciendo una vez más la posibilidad de división y alienación entre un yo verdadero y el yo que desatiende descaradamente a aquel que realmente sabe. Pero cualquier yo que podamos imaginar es simplemente una posada, y aquello que buscamos reconocer es el viajero.

Solo recuerda que ese viajero no puede ser aprehendido, y que quien busca reconocerlo también es el viajero. En un momento de reconocimiento, tu alma dividida se vuelve una y ninguna parte de ti está separada de Eso. Pero no puedes llevarte contigo este momento…Tu tarea consiste en fortalecer continuamente tu fe en tu verdadera naturaleza.

Para cerrar, aquí está el verso asociado con este koan, de Mumon:

Las nubes y la luna son lo mismo;

los valles y las montañas son diferentes entre sí.

Todo está bendecido, diez mil veces bendecido.

¿Es uno? ¿Son dos?[vi]

En su comentario, Yamada explicó que las nubes y la luna parecen ser dos cosas diferentes, pero en realidad son lo mismo. Los valles y las montañas son parientes entre sí y, sin embargo, son diferentes.

He escrito un poema como respuesta:

Ocupación y quietud, ilusión y despertar: todo forma parte de un único todo luminoso.

Y, sin embargo, nadie más habita este cuerpo-mente mientras avanzo por mi lista diaria de cosas por hacer.

Oh, el alivio del patito feo que descubre su naturaleza de cisne y sabe que no había ninguna otra manera en que debiera haber sido.

Y, aun así, un misterio. Aun así, un misterio.

 


 

Notas

[i] Yamada, Kōun. The Gateless Gate: The Classic Book of Zen Koans. Somerville, MA: Wisdom Publications, 2004. Edición Kindle.

[ii] Anattalakkhaṇasutta, traducido por Bhikkhu Sujato. https://suttacentral.net/sn22.59/en/sujato

[iii] Yamada, Kōun. The Gateless Gate: The Classic Book of Zen Koans. Somerville, MA: Wisdom Publications, 2004. Edición Kindle.

[iv] En Fukanzazengi: https://www.sotozen.com/eng/zazen/advice/fukanzanzeng.html

[v] Leighton, Taigen Dan (traductor). Cultivating the Empty Field: The Silent Illumination of Zen Master Hongzhi. Boston, MA: Tuttle Publishing, 2000.

[vi] Yamada, Kōun. The Gateless Gate: The Classic Book of Zen Koans. Somerville, MA: Wisdom Publications, 2004. Edición Kindle.

 

<<331 Ante las Grandes Dificultades: 

El “Justo a la Medida” de Zhaozhou

 

337 – Encontrando el Límite de Tu Práctica (2 de 2) 
339 – La Claridad Brillante Aparece Ante Ti: la Comprensión Cuando Estás «Simplemente Sentado»
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